Con un cartel incontestable, el homenaje de Leiva a Robe Iniesta o el regreso de Arde Bogotá a la Plaza del Trigo, la 29.ª edición dejó imágenes que explican mucho mejor que cualquier cifra lo que ocurre cada agosto en Aranda de Duero.
«Es domingo y estamos delante de los escenarios principales de Sonorama. Ya no hay nadie. Empieza a desmontarse todo. Esta ciudad efímera desaparece y vuelve a ser todo normal. Los inviernos vuelven a ser como eran». Con esas palabras, grabadas apenas unas horas después de bajar el telón de la 29ª edición, su director, Javier Ajenjo, dejaba una imagen de lo que supone el festival cuando se apaga. Porque durante cinco días, Aranda de Duero deja de ser únicamente un pueblo para convertirse en el epicentro de la escena musical nacional. Y cuando todo termina, cuesta creer que la rutina pueda volver a instalarse con tanta facilidad.
Cerca de 150.000 personas han pasado este año por Sonorama Ribera. Una cifra que confirma el peso que la cita ha alcanzado después de casi tres décadas de historia, aunque por sí sola no explica lo que ocurre cada agosto en la localidad burgalesa. Para entenderlo hay que estar allí. Ver cómo una ciudad entera cambia de ritmo, cómo conviven los cabezas de cartel con las bandas que algún día ocuparán ese mismo lugar o cómo un solo instante puede quedar grabado en la memoria de miles de personas.
Los festivales no suelen conocer el silencio. Están hechos de conversaciones que se cruzan, vasos alzados y muchas voces coreando una misma canción. Pero la noche del sábado, Leiva consiguió que todo eso se detuviera. Su interpretación de El hombre pájaro, convertida en un sentido homenaje a Robe Iniesta, hizo que El Picón contuviera la respiración. Bastó ese momento para entender que todo el mundo estaba asistiendo a algo que merecía ser escuchado. Hay artistas capaces de llenar un recinto. Muy pocos consiguen vaciarlo de ruido.
Pero reducir su paso por el escenario a ese instante sería injusto. El madrileño firmó uno de los conciertos más completos de la edición y demostró que un mismo directo puede transitar de la emoción más contenida a la euforia colectiva con absoluta naturalidad. Un repertorio que el público coreó prácticamente de principio a fin terminó de confirmar por qué sigue ocupando un lugar privilegiado dentro del panorama nacional. No era un concierto cualquiera: era el de alguien que conoce bien este festival y al que el festival también reconoce como suyo.
No fue el único que emocionó a los allí presentes. La M.O.D.A. (La Maravillosa Orquesta del Alcohol) volvió a demostrar por qué su historia y la de Sonorama llevan años caminando de la mano. Micrófono en mano, David Ruiz recordó aquellos primeros conciertos ante apenas unas decenas de personas, una imagen que contrasta con las miles que hoy cantan cada uno de sus temas. El concierto en El Picón fue una celebración compartida, reforzada además por la aparición de las integrantes de Repion como invitadas. Pero el cierre todavía guardaba una última sorpresa. El domingo, con la Plaza del Trigo completamente abarrotada, la banda reapareció y Leiva volvió a subir al escenario para interpretar junto a ellos Subiendo como El Chava Jiménez. Una despedida difícil de imaginar de otra manera.
Dos días antes, en el mismo lugar, se vivió otra de las escenas que han terminado definiendo esta edición. El concierto sorpresa seguía siendo, al menos sobre el papel, una sorpresa. Entre el público, sin embargo, el nombre de Arde Bogotá llevaba horas de corrillo en corrillo y las quinielas apuntaban todas en la misma dirección. Poco antes de las dos de la tarde ya costaba encontrar un hueco desde el que asomarse al escenario. Cuando Antonio García, Dani Sánchez, Pepe Esteban y Jota aparecieron, la incógnita dejó de tener importancia. Temas como Qué vida tan dura, Bigger Splash, Virtud y castigo o Exoplaneta terminaron de convertir el regreso de los cartageneros al lugar donde comenzó a construirse su historia con Sonorama en uno de los momentos más celebrados.
Más allá de los grandes regresos, también hubo espacio para quienes hicieron de cada concierto una cuestión de actitud. Dos conciertos, dos escenarios y una misma sensación: la de un grupo que entiende el directo como un ejercicio de entrega absoluta. Primero en El Picón y después en la Plaza del Trigo, Sexy Zebras convirtió cada actuación en una descarga de guitarras, sudor y energía que arrastró a un público incapaz de quedarse quieto. Y, cuando los asistentes empezaron a corear aquello de «¡jaleo, jaleo!», quedó claro que el espectáculo todavía estaba muy lejos de terminar.
Lo que no cuentan las cifras
Aun así, esa es solo una parte de la historia. Rigoberta Bandini convirtió su estreno en Sonorama en una auténtica celebración colectiva; Guitarricadelafuente volvió a demostrar que pocas voces generan una atmósfera tan particular; Love of Lesbian emocionó en una actuación especialmente significativa antes del parón anunciado por la banda; Carlos Ares confirmó que atraviesa uno de los momentos más inspirados de su carrera; Niña Polaca dejó claro que hace tiempo dejó de ser una promesa y Barry B regresó a casa convertido en uno de los nombres propios del panorama actual.
La historia de este último, como antes la de Arde Bogotá o La M.O.D.A., ayuda a entender una de las ideas que Javier Ajenjo repite cada año al hacer balance: «Tenemos que seguir viendo los escenarios pequeños, decirles a las bandas que tienen que ser nuestras cabezas de cartel del futuro, que tienen una oportunidad». No es casualidad. Sonorama sigue reservando un espacio privilegiado para las bandas emergentes y ha convertido esa apuesta en una de sus principales señas de identidad.
Pero el festival nunca ha sido únicamente lo que ocurre sobre el escenario. También vive en los paseos de una plaza a otra, en las conversaciones improvisadas, en los reencuentros y en esos pequeños contratiempos que acaban formando parte del recuerdo. Vive en las terrazas llenas desde primera hora, en las pistolas de agua aliviando el calor o en una tormenta capaz de detener durante unos minutos la programación, pero no las ganas de seguir celebrando. Y, sobre todo, en esa extraña familiaridad que ha conseguido construir entre músicos, público y ciudad.
Este año, además, el cielo ofreció una imagen diferente. Por primera vez, los tradicionales fuegos artificiales dejaron paso a un espectáculo de drones con el que la organización quiso dar las gracias al público y celebrar el camino recorrido a las puertas de su 30º aniversario. Durante ese mismo acto llegó también la confirmación de Siloé como primer artista de la próxima edición.
«Hay muy pocas cosas en esta vida que duren tanto tiempo», decía Javier Ajenjo al despedirse. Y quizá no haga falta añadir mucho más. Porque, cuando los escenarios empiezan a desmontarse y, como él mismo decía, «los inviernos vuelven a ser como eran», cuesta creer que todo aquello haya existido apenas unas horas antes. Hasta el próximo agosto.
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