Llevar el Fantasy Bra de Victoria’s Secret ha sido siempre uno de los mayores reconocimientos a los que podía aspirar una supermodelo. Claudia Schiffer, Gisele Bündchen, Tyra Banks o Adriana Lima fueron algunas de las elegidas para lucir una pieza que, más allá de su valor económico, representaba la consagración dentro de una industria extremadamente competitiva. Este año, ese privilegio ha recaído sobre Kylie Jenner, una empresaria multimillonaria cuya carrera no se ha construido sobre la pasarela. Y internet no ha tardado en cuestionar la elección. Más allá de si Kylie Jenner merece llevar el Fantasy Bra o no, ¿qué dice esto sobre una sociedad en la que quienes ya concentran dinero, fama y poder parecen tener acceso a prácticamente cualquier espacio?
El Fantasy Bra nació en 1996 como la máxima expresión del universo aspiracional de Victoria’s Secret. Claudia Schiffer fue la primera en lucirlo y, durante las décadas siguientes, el privilegio recayó sobre modelos que habían dedicado buena parte de su vida a la profesión. La pieza funcionaba como una herramienta publicitaria, por supuesto, pero también como un símbolo de reconocimiento dentro de la propia firma. Este año, sin embargo, Victoria’s Secret ha recuperado el concepto después de ocho años de ausencia con un sujetador valorado en 50 millones de dólares y una protagonista que nunca había desfilado para la marca.
Como señalaba Diet Prada en su publicación, la polémica resulta especialmente significativa si tenemos en cuenta la historia reciente de Victoria’s Secret. En 2018, Ed Razek, entonces director de marketing de la compañía, defendió en una entrevista con Vogue que las modelos trans y de tallas grandes no encajaban en la fantasía que vendía la firma. Sus declaraciones provocaron una fuerte reacción pública y se convirtieron en uno de los símbolos de una industria cuyos cánones de belleza empezaban a ser cuestionados abiertamente. En 2019, el desfile fue cancelado y no regresó a las pasarelas hasta 2024, después de varios intentos de reformular su identidad.
Resulta paradójico que, apenas unos años después de aquella crisis, Victoria’s Secret haya decidido recuperar su símbolo más extravagante a través de una de las celebridades más poderosas del mundo. Porque si antes el debate giraba alrededor de qué mujeres podían formar parte de la fantasía, ahora parece que la pregunta es cuánto poder mediático se necesita para protagonizarla. La industria ha cambiado sus discursos, ha incorporado nuevos cuerpos y ha revisado parte de sus códigos, pero continúa reproduciendo una lógica en la que el privilegio determina quién ocupa el centro de atención.
Adam Selman, director creativo de Victoria’s Secret, justificó la elección de Jenner describiéndola como una cultural powerhouse, una figura capaz de trascender la moda y movilizar audiencias masivas. Y desde una perspectiva comercial, la estrategia tiene sentido. Kylie no necesita que Victoria’s Secret la convierta en una estrella; es la firma la que necesita aprovechar su relevancia cultural. Se trata de una inversión de poder bastante reveladora: durante décadas, las marcas contribuían a construir iconos. Ahora recurren a iconos previamente consolidados para garantizar su propia visibilidad.
Pero hay algo todavía más significativo. Kylie Jenner representa una generación de celebridades para las que la fama funciona como una credencial prácticamente universal. Ser una de las personas más seguidas de Instagram permite construir empresas, protagonizar campañas, ocupar portadas y acceder a espacios profesionales que tradicionalmente exigían desarrollar una trayectoria específica. No significa que estas figuras carezcan de talento o capacidad empresarial, sino que su posición de partida les permite acumular oportunidades a las que otros difícilmente pueden acceder.
La moda nunca ha sido una meritocracia perfecta. Los apellidos, los contactos, el dinero y los estándares físicos siempre han condicionado las carreras de quienes aspiraban a formar parte de ella. Tampoco el Fantasy Bra fue jamás un premio objetivo al esfuerzo. Pero existe una diferencia entre reconocer a una modelo que ha construido su carrera dentro de la industria y entregar uno de sus símbolos más importantes a una celebridad cuya principal aportación es garantizar millones de impresiones. Cuando la visibilidad se convierte en el criterio dominante, el reconocimiento profesional corre el riesgo de quedar subordinado al rendimiento mediático.
Y quizá ahí se encuentre una de las grandes contradicciones. Vivimos en una época en la que las marcas hablan constantemente de inclusión, diversidad y democratización, mientras las oportunidades más extraordinarias siguen concentrándose alrededor de una élite que acumula cada vez más riqueza, influencia y capacidad de representación. El privilegio de los multimillonarios ya no consiste únicamente en comprar aquello que otros no pueden permitirse, sino en acceder a experiencias, profesiones y reconocimientos que para el resto requieren años de dedicación.
La propia elección del Fantasy Bra más caro de la historia resulta simbólica. En un contexto marcado por las desigualdades económicas y el cuestionamiento de los grandes patrimonios, Victoria’s Secret vuelve a presentar una pieza de 50 millones de dólares como la máxima expresión de una fantasía. Y lo hace sobre el cuerpo de una mujer que pertenece precisamente a esa élite económica y mediática. La riqueza deja de ser únicamente el valor material del objeto para convertirse también en una característica de quien lo representa.
Quizá por eso la pregunta de Diet Prada tiene tanto sentido: ¿qué ha pasado? ¿Cómo hemos pasado de cuestionar los ideales de belleza y poder que representaba Victoria’s Secret a recuperar su fantasía más ostentosa sin preguntarnos demasiado por lo que significa?
Puede que la industria haya aprendido a adaptar su discurso a las exigencias culturales de cada momento sin modificar del todo las estructuras que determinan quién tiene acceso al reconocimiento. Kylie Jenner no ha inventado estas reglas, ni es responsable de que la industria funcione así. Simplemente representa con especial claridad una época en la que el éxito parece conceder acceso a nuevas formas de éxito, independientemente del ámbito profesional. Y tal vez esa sea la verdadera polémica del Fantasy Bra: no que una multimillonaria lleve un sujetador de 50 millones de dólares, sino que incluso los símbolos del reconocimiento profesional terminen orbitando alrededor de quienes ya lo tienen prácticamente todo.
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