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La cultura del counterfeit pasó de estar perseguida en diversos enclaves urbanos (y digitales) a encumbrarse por parte de los hijos de la logomanía. Y es que, según un nuevo estudio realizado por la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea (EUIPO), más de la mitad de la generación Z ya ha comprado moda falsificada, desvirtuando el significado del lujo y su normativa estética.

En una era en la que las falsificaciones han evolucionado de la esfera marginal a la cool, la cultura de la artesanía se relega a un segundo plano frente a la cultura de la marca. La revolución del counterfeit sólo acaba de empezar: los datos de The Fashion Law lo demuestran. Tras encuestar a unos 22.000 jóvenes residentes de la UE de entre 15 y 24 años, el 52% declaró haber comprado al menos un artículo falso online en los últimos 12 meses.

Dentro de ese sondeo, el 17% compró ropa y accesorios de imitación, seguidos por el calzado (14%), la electrónica (13%) y los productos de belleza como el maquillaje y las fragancias (12%).

EL BOOM DE LAS FALSIFICACIONES DE LUJO

Pero, ¿qué es lo que realmente está llevando a las nuevas generaciones a comprar productos falsificados? el bajo coste, el desprecio por la autenticidad del producto y la creencia de que no hay diferencia ente lo real y lo falso. Sin olvidar la facilidad con la que acceder a su compra.

En este sentido, la mayoría expresó que dejaría de adquirir falsificaciones si los productos fueran más económicos, y si las falsificaciones fueran de mala calidad.

La realidad es que los jóvenes ya no se alarman ante las falsificaciones. Su compra ya no se trata de algo vergonzoso como lo era en el pasado. Expresar con claridad que un producto es falso, para ellos puede resultar incluso destacable: el haber encontrado la réplica perfecta con la que proyectar un estatus social inexistente, tanto en redes como en la vida real.

Puede que el hecho de que los jóvenes compren cada vez más productos falsos radique en todas esas estrategias de marketing neoliberales dirigidas a la generación Z. Las marcas aumentan así la deseabilidad de sus productos dirigidos a un target (equívoco) que no puede acceder al producto auténtico, pero sí a una réplica extraída del mercado de las falsificaciones.

Realmente el deseo que conmueve a toda esa nueva generación de consumidores es el hecho de experimentar la embriaguez del logotipo o del monograma. La calidad, exclusividad o artesanía del producto se sustituyen por la atracción visual de una determinada silueta para jóvenes que, en su mayoría, no han sido educados en la apreciación del producto, el diseño o las condiciones laborales que lo orbitan. Aquí todo se reduce a un logo.

Aún así, dentro de toda la toxicidad y oscuridad del counterfeit de moda, el fenómeno de las falsificaciones podría no ser del todo negativo para la industria del lujo. La enorme difusión de réplicas podría hacer que todas esas firmas reaccionasen y cambiasen su estrategia con productos de bajo coste como camisetas de algodón o sneakers. Simplificar el producto para abrirle las puertas al mercado de masas en general, y a las nuevas generaciones en particular.

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