La lencería visible vuelve en 2026 y ahora se lleva en colores neón

Del verde ácido al rosa eléctrico, la lencería neón redefine la moda de 2026 y confirma el regreso del sujetador visible.

La lencería visible vuelve en 2026 y ahora se lleva en colores neón

Una camisa blanca se abre lo suficiente para mostrar un sujetador verde lima. Bajo una rebeca, una copa rosa eléctrico altera la lectura completa del conjunto. El encaje amarillo atraviesa un vestido oscuro. Durante unos segundos, resulta difícil distinguir dónde termina la ropa interior y dónde empieza el look. Esa ambigüedad define una de las tendencias más vistas este 2026 entre las it-girls, estrellas del pop y celebrities.

Después de varias temporadas dominadas por el beige, el shapewear, los tejidos sin costuras y una ropa interior lo más invisible posible, el sujetador vuelve a coger protagonismo. Lo hace a través de una paleta formada por verdes ácidos, amarillos limón, rosas eléctricos y naranjas saturados que aparecen en videoclips, escenarios y estilismos de calle. La prenda que antes debía quedar oculta es ahora el centro del look

Vía Instagram @tyla

Este fenómeno, nombrado neon lingerie, representa solo la capa más visible de una transformación mayor. El sujetador regresa como top, mientras la frontera entre lo íntimo y lo exterior pierde la claridad que tuvo en otros momentos. La ropa interior deja de entenderse como una base funcional y comienza a operar como un elemento autónomo.

No se trata de enseñar más piel. De hecho, en muchos de los estilismos que impulsan esta tendencia apenas se muestra el cuerpo. Lo que se expone es el color: una línea fluorescente bajo el algodón, el borde de una copa entre dos botones o un tirante que corta la neutralidad del conjunto.

¿El final de la ropa interior invisible?

La lencería de la última década estuvo condicionada por una promesa de desaparición. Sujetadores moldeados, diseños sin costuras y tonalidades próximas a la piel ofrecían una superficie limpia sobre la que construir el resto del vestuario. SKIMS convirtió esa invisibilidad en una identidad, elevando el beige, el marrón y el negro.

Aquella propuesta respondía a una necesidad concreta: comodidad, funcionalidad y control sin signos visibles de esfuerzo. Sin embargo, su éxito también terminó saturando. Cuando todas las prendas interiores aspiran a confundirse con la piel, el sujetador pierde su capacidad para introducir deseo o fantasía. La lencería neón rompe esa lógica.

La moda llevaba meses anticipando este cambio. En las colecciones de primavera-verano de 2026, Prada, Versace, Jil Sander, Simone Rocha, Dolce & Gabbana, The Attico y Vaquera incorporaron sujetadores expuestos, copas exageradas, transparencias y estructuras tomadas de la corsetería. El sujetador aparecía como la pieza desde la que se construía el estilismo.

La operación invierte la jerarquía tradicional del vestuario. Aquello que debía sostener el look desde debajo se sitúa en el centro, mientras las camisas, las americanas y las rebecas pasan a funcionar como marcos. La ropa exterior ya no oculta la prenda íntima: la presenta.

Una historia de cuerpos que se niegan a comportarse

La lencería lleva décadas atravesando la frontera entre lo privado y lo público, adaptándose a las tensiones culturales de cada momento. El corsé cónico de Jean Paul Gaultier para Madonna permanece como una de las imágenes más reconocibles.

Durante los noventa, Neneh Cherry, TLC y las Spice Girls incorporaron sujetadores y bra tops a estilismos que mezclaban ropa deportiva y prendas de estilo urbano.

En los dos mil, tirantes fluorescentes, sujetadores triangulares, camisetas transparentes y bikinis llevados lejos de la playa convivieron con pantalones de tiro bajo.

Más tarde, el auge del braless y el athleisure cuestionó el sujetador como obligación. La comodidad ganó terreno frente a los aros y las copas rígidas, y muchas mujeres dejaron de usarlos. El retorno actual propone la vuelta de un sujetador liberado, puede ser blando, transparente, deportivo o mínimo, porque su función principal ya no consiste en modificar el cuerpo, sino en intervenir visualmente sobre el conjunto.

Madonna on Stage, wearing outfit designed by Jean-Paul Gaultier. Los Angeles, 16th May 1990. (Photo by Frank Trapper/Corbis via Getty Images)

Charli XCX

En el videoclip de “Wink Wink”, la lencería fluorescente emerge bajo camisas abiertas y tejidos ligeros dentro de un imaginario que recuerda a la Gran Bretaña de mediados de los dos mil. Botones descolocados, vestidos de apariencia improvisada y maquillaje vivido construyen una sexualidad que no busca la perfección, sino una sensación de desorden. El sujetador introduce color, ironía y una referencia a una etapa cultural que parece cercana y lejana al mismo tiempo.

La escena no reproduce una idea clásica de sensualidad. Charli XCX no aparece completamente vestida ni completamente desvestida; parece atrapada en el proceso, como si la cámara hubiera llegado antes de que el look estuviera terminado. Esa imagen intermedia resulta más interesante que la exposición total. Todo parece accidental, aunque nada lo sea.

Fleur du Mal aparece de manera recurrente. La firma neoyorquina lleva años diseñando sujetadores, corsés y ligueros pensados para vivir fuera del dormitorio. Cuando un sujetador se repite en vídeos musicales, conciertos y fotografías personales, deja de competir únicamente dentro del mercado de la lencería. Empieza a circular como un bolso, un zapato o cualquier otro objeto.

ADÉLA

En “Ain’t In LA”, ADÉLA aparece sobre una cama con un conjunto de Erik Charlotte y un sujetador amarillo de Fleur du Mal que completa una paleta de azul marino, rosa y amarillo. Los colores remiten a un juguete, un uniforme escolar o un envoltorio de caramelos antes que a los códigos tradicionales de la lencería.

Durante décadas, la ropa interior destinada a expresar deseo permaneció atrapada en un repertorio previsible: encaje negro, satén rojo, transparencias oscuras y una feminidad adulta construida alrededor del misterio. El amarillo limón desactiva esa solemnidad. Continúa siendo sensual, pero introduce una nota de humor que impide que la escena se tome demasiado en serio.

Gracie Abrams

El universo visual de Gracie Abrams durante su etapa Daughter From Hell combina encajes, prendas ligeras, rayas y referencias al vestuario de danza. Todo parece moverse dentro de una intimidad delicada, pero hay pequeños detalles que rompen con eso. En el videoclip de “Look at My Life”, un liguero verde de Fleur du Mal modifica la lectura del conjunto.

El encaje remite a una feminidad histórica y reconocible; el verde fluorescente pertenece a la cultura digital y a la pista de baile. Ambos códigos conviven. Esta capacidad para introducir un error dentro de un estilismo armonioso explica buena parte del atractivo del neón. El color funciona mejor cuando parece descontextualizado.

Tyla y Zara Larsson

Zara Larsson ha construido un universo formado por rosas intensos, brillos, estampados digitales y combinaciones próximas a Barbie y Lisa Frank. La saturación se convierte en una negativa a seguir el relato según el cual una estrella femenina debe abandonar el color para demostrar madurez.

Tyla comparte esa visión, aunque lo articula a través de una silueta vinculada al movimiento. Bikinis, bra tops, prendas de tiro bajo y tejidos brillantes construyen una imagen que mezcla referencias Y2K, vestuario de playa, club y espectáculo de estadio.

Del dormitorio a la calle

Florence Pugh ofreció una de las traducciones más accesibles de la tendencia cuando apareció en Nueva York con unos vaqueros, un top gris de Joah Brown y un sujetador de cuadros rosas y naranjas de Fruity Booty cuyos tirantes verde neón quedaban expuestos. La fuerza del estilismo residía en su aparente normalidad.

El look demuestra que la lencería visible no necesita reproducir literalmente los estilismos de escenario. Puede introducirse mediante una franja de color, una copa parcialmente cubierta o un tirante que rompe la monotonía de una prenda exterior. Esa facilidad de adaptación también explica su potencial.

Fruity Booty encaja dentro de este clima porque evita la perfección rígida de la lencería clásica. Sus estampados, cuadros y combinaciones cromáticas poseen una espontaneidad cercana al cajón adolescente y se alejan de la fantasía tradicional de la femme fatal.

Anya Taylor-Joy ha llevado una pieza magenta de Balmain. En este caso, el sujetador concentra el volumen y define la silueta. La tendencia abandona así el espacio juvenil o festivalero para incorporarse a la sastrería, los looks nocturnos y las propuestas de las grandes casas.

NEW YORK, NEW YORK – JULY 16: Anya Taylor-Joy is seen in SoHo on July 16, 2026 in New York City. (Photo by Raymond Hall/GC Images)

GIMAGUAS desplaza el neón

El fluorescente no permanece limitado a la lencería. GIMAGUAS lo traslada a rebecas, tops, shorts y bailarinas de neopreno, permitiendo que el mismo lenguaje se desplace por distintas zonas del cuerpo. La firma barcelonesa trabaja con prendas reconocibles que, mediante el color, el ajuste o una abertura inesperada, dejan de comportarse como deberían.

Sus rebecas ceñidas permiten que el sujetador aparezca entre los botones o bajo un escote mínimo, mientras las bailarinas rosa neón transforman una silueta asociada con la delicadeza en un objeto sintético. El gesto no consiste en reproducir la ropa interior, sino en extender su energía.

Esta traslación amplía la tendencia más allá de la exposición corporal. No es necesario llevar un sujetador completamente visible para participar en el código. Una rebeca verde ácido, unas bailarinas fluorescentes o un top rosa pueden producir la misma interferencia dentro de un armario dominado por grises, blancos y negros.

GIMAGUAS entiende que el neón no es únicamente un color, sino una forma de desplazar las prendas de su contexto habitual. La bailarina deja de ser correcta, la rebeca deja de ser inocente y el punto deja de funcionar como refugio. Todo permanece reconocible, pero algo se ha alterado.

La visibilidad no siempre significa libertad

La narrativa de la lencería exterior suele presentarse como un gesto de autonomía, pero esa lectura continúa condicionada por el cuerpo que la ejecuta. Buena parte de los estilismos que aparecen en pasarelas y revistas están diseñados para figuras delgadas y pechos pequeños, capaces de llevar bralettes mínimos y camisas abiertas.

El mismo sujetador puede interpretarse como sofisticado en un cuerpo y excesivo en otro. La diferencia no se encuentra en la prenda, sino en una mirada social que continúa regulando quién puede mostrar el pecho sin que su imagen sea sexualizada o considerada vulgar.

La industria no puede hablar de libertad mientras ofrezca el neón únicamente en una gama limitada de copas y contornos. Para que la tendencia abandone el terreno de la imagen aspiracional, las marcas deben diseñar sujetadores cómodos, atractivos y visibles para una variedad mayor de cuerpos.

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