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¿Por qué la juventud ya no quiere trabajar?

La juventud ya no quiere trabajar. Ahondemos en los motivos de este hastío laboral abanderado por las nuevas generaciones.

Si conjugamos la expresión que representa el zeitgeist contemporáneo “goblin mode” como un «comportamiento obstinadamente autoindulgente, descuidado y codicioso que rechaza las normas y expectativas sociales» con la también representativa y memeificante “flop era” como período marcado por el fracaso, la falta de éxito o la incapacidad de funcionar o prosperar, puede que esa pregunta se conteste sola. Aún así, ahondemos en los motivos de este hastío laboral abanderado por la juventud.

Según un nuevo estudio publicado por City & Guilds, «uno de cada diez jóvenes que aún no han entrado en el mercado laboral no tiene intención de hacerlo nunca». Aquí entran en juego diversos factores que tienen mucho que ver con la cultura de la explotación, y aún más cuando entran en juego los trabajos “progresistas” o “creativos”, que al final, más que hacer felices a sus empleados, los convierte en esclavos del arte.

El capitalismo como sistema sobre el que orbita el trabajocentrismo, o el culto a la productividad, ha provocado esta epidemia de la ansiedad, disparando asimismo los miembros del subreddit o antiwork en los últimos años. Sin ir más lejos, el año pasado, millones de personas abandonaron sus puestos de trabajo como parte del movimiento de “La Gran Dimisión”.

DECONSTRUYENDO LA MERITOCRACIA

El mito de la meritocracia se degrada cada vez más. Ya poco o nada tiene que ver con el pensamiento actual, que conecta con el fin de la ambición tal y como la conocíamos. A todo ello se suma la hostilidad de los precios desorbitados de los alquileres, y de una inflación que estamos experimentando a tiempo real, como la caída de la ilusión o la esperanza. Nunca había sido tan evidente que el trabajo duro o la explotación no compensa, que no está pagado.

En este sentido, los jóvenes aceptan muchas veces trabajos, como modo de supervivencia, sin poder alcanzar nunca esas «expectativas de vida» que consisten en adquirir un hogar o construir el idilio de la familia nuclear; mediante esa cultura del esfuerzo que se nos inyecta en la psique desde la adolescencia. Una que ha vivido infinidad de crisis mundiales con las que el salario y sus perspectivas han quedado marcadas para siempre -empezando desde 2008-, como una serie de puñales clavados de los que cuesta mucho deshacerse.

Además, una nueva investigación de la RSA declara que el 63% de los jóvenes con trabajo a tiempo completo experimentan precariedad financiera, que se eleva al 79% de los que reciben crédito universal. Así, no es de extrañar que los jóvenes se cuestionen el valor de trabajo, y los límites de éste. La calidad vital, al final, es lo que nos mantiene vivos, sobre todo, en una era que roza la distopía por momentos.

LA AMISTAD COMO UNA INVERSIÓN

Si hacemos scroll por todos esos factores o problemáticas con los que el sistema está obstruyendo nuestras vidas laborales, podrían extrapolarse asimismo a la vida social. Al final, la amistad se convierte en una inversión de un tiempo inexistente.

El capitalismo está destruyendo nuestras relaciones sociales, mientras emerge esa dualidad en la que el rechazo del trabajo provoca una crítica general por parte de la sociedad. Esa actitud que desprecia a las personas que no quieren trabajar es entonces también parte del problema, y de esa mentalidad caduca de que el trabajo nos define.

Aún así, esa idea arraigada y arcaica, parece que va diluyéndose poco a poco. Que está empezando a cambiar a medida que la Generación Z alcanza la edad laboral, proyectando ese pensamiento de que el trabajo en sí no es el problema, si no del sistema. Pues existen muy pocos empleos buenos o “bien pagados”, que además avalen la salud mental. El trabajo precarizado lo acaba manchando todo de sangre.

Es por todo ello por lo que existe a día de hoy un agotamiento laboral o hartazgo colectivo por parte de las nuevas generaciones saturadas de información, de datos y de un estrés laboral crónico que se ha ido gestando con el paso de los años. Podríamos concluir entonces que la premisa no es que los jóvenes no quieran trabajar en sí, si no que no quieren seguir siendo un producto más del sistema.

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