Bienvenidos al Infierno.
Infierno Fest hace ya unos años que nos descubrió Salobreña, un pueblo costero andaluz donde la vida sigue otro ritmo. Un pueblo de casas blancas, de saltar al mar desde un peñón y de comer bueno y barato.

Pero, durante un fin de semana, Yung Beef y su gran familia lo convierten en un lugar difícil de explicar. No porque deje de ser Salobreña, sino porque consigue contener una suerte de encuentro entre mundos que, sobre el papel, nunca deberían cruzarse. Y hace que todos pasemos todo el finde pensando: lo loco no es que Gucci Mane ponga un pie en Salobreña, lo loco es lo orgánico que se siente.

El Infierno es el lugar donde lo marginal y lo ostentoso dejan de ser enemigos. Donde da igual de dónde vengas o a qué te dediques. Un festival donde nadie posa pensando en qué marca etiquetar, ¡en 2026! No está pensado para quien puede permitírselo o para quien mola, sino para quien busca ese sitio donde, por unas horas, puede ser él misme y encajar. Esa es la libertad que debería acompañar siempre a la música, y más ahora, en momentos tan fuertes como los que estamos viviendo.

Hay festivales que viven de la exclusividad. El Infierno vive de todo lo contrario. En él conviven los que abrieron los caminos y los que están empezando ahora a recorrerlos y a hacerlos suyos a su manera.

El cartel solo hacía visible algo que ya estaba ocurriendo. Gucci Mane, una figura imposible de separar de la historia del trap y gran inspiración de muchos de los artistas del cartel. Pxxr Gvng, El Mini, Cecilio G, Cookin Soul, Omega El Fuerte o Leo RD, los que empezaron algo que muchos siguieron, cuando nadie daba un duro por ciertos géneros, lucharon por hacerles un hueco en su país, compartiendo escenario con Xiyo & Fernandezz, TK Mami, ladiferencia2006, Main Costa o La Jefatura, las jóvenes promesas de ahora mismo. No como un ejercicio de nostalgia, sino como la prueba de que ninguna escena nace de la nada. Todo tiene un origen. Todo deja un legado que inspira a los que vienen después. Y nadie es más que nadie para evitar mezclarse.

Y quizá eso sea lo mágico del Infierno: que es un lugar donde los que abrieron camino pueden mirar a los que vienen detrás sin nostalgia, y los que empiezan entienden que forman parte de una historia mucho más grande que ellos mismos.

Luego están las escenas que te deja en la memoria, verdadero material de sueño. Ben Yart actuando sentado en una silla de playa porque lo programaron coincidiendo en horario con el concierto más esperado. La Zowi y su manicurista haciendo uñas de gel gratis a alguien del público. Una barbería montada en mitad del parking. El altar del Angelito Negro ocupando un espacio enorme en la zona de artistas del festival. Niños corriendo alrededor de coches kitipó. Pomes y Khaled marchándose juntos en un escarabajo del festival después de una pelea acalorada. Dani Ome de charleta con Yung Beef y sus amigos de Salobreña… Imágenes que, fuera de contexto, parecen un delirio, pero que allí encuentran su orden.

Porque Infierno no intenta construir una utopía. Se parece más a la vida. Desordenada, contradictoria, excesiva y profundamente humana. Un lugar donde todo puede pasar porque nadie intenta controlar lo que ocurre. Donde el lujo convive con la precariedad, el pasado con el futuro, el pueblo con la ciudad, sin que ninguna de esas diferencias importe más de lo que importa la música.














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