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“Los buenos artistas copian; los grandes artistas roban”, dice la célebre cita atribuida a Pablo Picasso. Aunque se rumorea que se lo robó a Igor Stravinsky. ¿O fue William Faulkner o TS Eliot? De cualquier manera, está claro que los artistas han estado «robándose» las ideas desde que alguien pensó en imponer derechos de autor (y ni eso). 

La evidencia de esta teoría está latente a lo largo de la historia, desde la copia de Rubens a Tiziano, hasta las reproducciones de Andy Warhol. Solo tienes que ojear el Instagram de @whos___who -una especie de Diet Prada, pero del mundo del arte- para encontrar innumerables ejemplos más contemporáneas. Y es que en los últimos años, la apropiación se ha convertido en un tema muy polémico, extendido en todos los ámbitos: música, moda, fotografía y arte.

Sin duda uno de los grandes nombres del arte que más se está dejando dinero en abogados es Jeff Koons. El publicista Franck Davidovici lo denunció porque su escultura Fait d’hiver era un calco de la campaña que creó para la firma Naf-Naf.  Poco después de esta polémica, la viuda del fotógrafo Jean-François Bauret también le acusaba de copiar una de las imágenes de su marido. Estas son algunas de las demandas interpuestas al artista durante los últimos años.

 

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Richard Prince también ha sido un buen representante de la generación «copia y pega». De hecho, ha recibido muchas críticas por su serie New Portraits en la que se ha apropió de diferentes imágenes publicadas por algunos usuarios en Instagram. Sobre todo mujeres jóvenes con un enfoque sexual, tanto anónimas como famosas. Entre ellas, Pamela Anderson, Taylor Swift, Kate Moss, Sky Ferreira han sido algunas de las protagonistas de estos lienzos instagramizados.

¿Cuándo el plagio se convirtió en un problema? ¿Cuándo se volvió más importante la originalidad que la ejecución? Es cierto que la reciente ola de disputas legales puede tener algo que ver con el hecho de que imitar el trabajo de otro artista ya no requiere tanta habilidad o innovación como antes; gracias a Internet, a menudo es un caso de copiar y pegar. Pero la red también ha hecho que los artistas sean más protectores con las obras que crean.

 

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En un mundo de liquidez casi ilimitada, cada semana se hace pública una demanda por plagio o un artista se ve envuelto en problemas de originalidad. Nadie parece ajeno a la fuerza de atracción que ejerce estos días la copia del trabajo ajeno. Pero también pasaba entre los pintores impresionistas del siglo XIX y a nadie se le ocurriría demandarlos por eso. Que los estilos resulten muy similares no significa que las obras sean una copia. ¿O sí? ¿Dónde está el límite?

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