Alejandro Gómez Palomo celebró en Madrid el décimo aniversario de la firma que convirtió el deseo, el ornamento y una idea expandida de la expresión de género en uno de los lenguajes más reconocibles de la moda contemporánea. Para Primavera-Verano 2027, Et in Arcadia Ego vuelve a las plumas, los brocados, los lazos y la fantasía de sus primeros años para mirar hacia adelante desde todo lo aprendido en una década.
Al caer la tarde sobre la Rosaleda del Parque del Oeste, Madrid parecía haberse quedado suspendida durante unos minutos entre los rosales y la última luz de septiembre apagándose poco a poco. Allí presentó Alejandro Et in Arcadia Ego, la colección Primavera-Verano 2027 con la que celebra los diez años de una firma nacida en Córdoba y convertida desde entonces en una de las voces más reconocibles de la moda española contemporánea. Et in Arcadia Ego recupera los códigos que han construido la casa para reorganizarlos desde el presente.
La Arcadia que da nombre a la colección pertenece a un territorio imaginado como refugio de belleza, placer y armonía, pero atravesado también por la conciencia de que nada permanece intacto para siempre. En las pinturas de Nicolas Poussin dedicadas al tema, unos pastores se encuentran con una tumba en medio del paisaje ideal. Para un diseñador que cumple una década, volver al lugar donde empezó todo implica también aceptar que ni la moda, ni el cuerpo, ni la mirada son ya los mismos.
Las cuarenta salidas dibujaron una Arcadia en la que la sastrería convivía con el chiffon, los brocados florales con algodones bordados y el terciopelo con pedrería, flecos y remaches metálicos. La colección partía de los jardines barrocos españoles y de la pintura pastoril del siglo XVIII, pero ampliaba el imaginario hacia Luchino Visconti, Pier Paolo Pasolini y Cecil Beaton.
De Visconti aparece esa relación entre belleza y decadencia que atraviesa buena parte de su cine: habitaciones demasiado hermosas, tejidos demasiado ricos, personajes conscientes de que el mundo que habitan está destinado a desaparecer. De Beaton queda el placer por la construcción de la imagen, por una belleza que no pretende ser espontánea. Y de Palomo emerge el interés por llevar ese universo hasta el cuerpo contemporáneo.
Plumas, lazos, Levi’s y Nothing
El lazo se convirtió en uno de los elementos recurrentes de la temporada. Apareció atravesando fajines, vestidos, zapatos, bolsillos, chaquetas y pantalones, cambiando de escala y de función a medida que avanzaba la colección. También regresaron las plumas de avestruz, presentes en vestidos, faldas, tops y accesorios hasta alcanzar el look de novia que cerró el desfile.
A estas alturas, la pluma podría funcionar casi como una heráldica de Palomo. Está asociada a su universo desde hace años, pero sigue siendo interesante porque contiene movimiento, fragilidad, sensualidad, espectáculo, incluso una cierta decadencia aristocrática. Amplifica el gesto del cuerpo y convierte una entrada en escena en algo más próximo a una aparición.
Con el lazo sucede algo similar. Tiene una carga histórica de delicadeza, ceremonia y coquetería que cambia inmediatamente cuando se desplaza hacia una chaqueta, un pantalón o un cuerpo que socialmente no se espera asociado a ese tipo de ornamento. Palomo trabaja bien con estos objetos porque entiende que la ropa viene cargada de memoria y de códigos sociales. Su interés está en moverlos de sitio.
Durante siglos, además, el guardarropa masculino europeo fue mucho más ornamental de lo que solemos recordar. Hubo hombres con seda, bordados, encajes, joyas, tacones, pelucas y colores exuberantes mucho antes de que la modernidad convirtiera la sobriedad en uno de los atributos centrales de la masculinidad. Palomo lleva una década recuperando parte de ese territorio perdido, pero lo hace desde el presente, mezclándolo con una sensibilidad queer.
El aniversario sirvió también para medir hasta dónde puede extenderse hoy ese universo. Levi’s llevó el 501 Loose al terreno de Palomo a través de tres looks intervenidos con motivos florales, remaches y plumas; Nothing incorporó sus auriculares a la colección mediante intervenciones ornamentales; VIVASCARRION desarrolló los headpieces; Mónica Sordo trabajó la joyería y Magrit se encargó del calzado.
La Rosaleda, una batería y muchos invitados
Con dirección creativa de Francesco Sourigues y set design de Pol Roig, el jardín permaneció prácticamente intacto y dejó que fueran la vegetación, la hora y la ropa las que construyeran la atmósfera. En mitad de la Rosaleda esperaba una batería. Su función se entendió después de la primera salida, cuando el modelo terminó el recorrido, se sentó frente al instrumento y comenzó a tocar, incorporándose a la música concebida para el desfile por Nicolás Feriche Pomés y Juan Pomés Feduchi.
En el público estaba Pedro Almodóvar, una presencia que parecía especialmente coherente en el contexto de la noche. Palomo y Almodóvar comparten una manera de mirar España que huye de la postal y prefiere el color, la sexualidad y la exageración. La lista de invitados incluía también a Paco Amoroso, Ana Mena, Belén Aguilera, Eduardo Casanova, Carmen Farala, Mina El Hammani, Filip Custic, Toccororo, Samantha Hudson, Evangelina de Evade House o Mirela Balic.
De Orlando a Et in Arcadia Ego
Para entender realmente lo que significa este aniversario hay que volver a 2016 evitando mirar aquel momento con los ojos de 2026. Hoy resulta habitual hablar de fluidez de género, identidades no binarias, expresión de género o moda más allá del binarismo. Hace diez años, muchas de esas conversaciones todavía ocupaban una posición bastante menos central dentro de la industria.
La primera colección de Palomo, Orlando, tomaba como referencia la novela de Virginia Woolf, cuyo protagonista atraviesa siglos, identidades y géneros sin quedar fijado a una única forma. La elección ya contenía muchas de las preguntas que después recorrerían la firma: cómo cambia nuestra relación con el cuerpo, qué ocurre cuando la identidad deja de entenderse como una estructura inmóvil y hasta qué punto la ropa puede convertirse en una herramienta para habitar esa transformación.
En aquellos primeros trabajos aparecían personas leídas socialmente como hombres con terciopelos, volantes, transparencias, escotes o siluetas que la moda occidental había codificado durante décadas como femeninas. La novedad no estaba en desplazar esas prendas de un armario a otro, sino en diseñarlas desde el principio sin asumir que determinadas formas de belleza pertenecían exclusivamente a un género. Su trabajo no pregunta por qué alguien querría vestirse “como” otro género. Cuestiona por qué la moda ha necesitado durante tanto tiempo asignar tejidos, volúmenes, colores o formas concretas a unas identidades y excluir a otras.
El momento en que Palomo salió de España
El salto internacional llegó muy pronto. En febrero de 2017, Objeto Sexual aterrizó en la semana de la moda de Nueva York con corsés, brocados, organzas, encajes y minivestidos sobre cuerpos masculinizados. Palomo no llegaba desde una de las grandes capitales tradicionales de la moda, sino desde Posadas, Córdoba. Y en lugar de disimular esa procedencia para hacerse internacional, incorporó a su lenguaje una sensibilidad española y andaluza que podía convivir con referencias de alta costura, sexualidad queer e historia de la moda.
Pocos meses después llegó una de las imágenes que cambiaron la escala de la firma. Beyoncé publicó la primera fotografía junto a sus mellizos Rumi y Sir vestida con una pieza de Palomo concebida originalmente dentro de una colección masculina. Una prenda diseñada desde un cuerpo masculino había terminado sobre una de las mujeres más observadas del planeta.
Llegaron París, más colecciones internacionales, colaboraciones, proyectos escénicos y nuevos contextos capaces de poner a prueba su lenguaje. En 2019, una pieza de la firma entró en el universo de Camp: Notes on Fashion, la exposición del Costume Institute del Metropolitan Museum of Art dedicada a la exageración y la teatralidad como categorías culturales.
Después el New York City Ballet le encargó el vestuario de una pieza coreografiada por Gianna Reisen con música de Solange Knowles. En 2024, el Premio Nacional de Diseño de Moda terminó de reconocer institucionalmente una trayectoria que ya había dejado atrás la etiqueta de promesa.
Diez años después, ¿cuál es el legado de Palomo?
Medir la influencia de un diseñador mientras sigue construyendo su carrera exige cierta cautela. La transformación de la moda «masculina» durante la última década responde a un cambio cultural amplio en el que intervienen diseñadores, músicos, artistas, estilistas, movimientos sociales y nuevas formas de representación. Palomo forma parte de esa transformación y estuvo presente en ella cuando determinadas imágenes todavía generaban bastante más resistencia.
En 2016 y 2017, los hombres con corsés, vestidos, transparencias, brocados, tacones o plumas seguían provocando preguntas inmediatas sobre género y masculinidad. En 2026, esas mismas imágenes circulan dentro de un paisaje mucho más amplio. El cambio de contexto permite entender mejor el valor de aquellas primeras colecciones.
El propio diseñador lo resumía estos días al hablar de una generación de hombres que hoy “se permiten el lujo de estar guapos”. La frase encierra una lectura interesante sobre la evolución del armario masculino. Durante décadas se aceptó que un hombre estuviera elegante, atractivo, o poderoso, la belleza entendida como ornamentación, delicadeza y placer visual encontraba muchas más restricciones. Palomo ayudó a abrir ese territorio.
Diez años después de irrumpir en la industria, el diseñador comienza una nueva etapa.
Sigue toda la información de HIGHXTAR desde Facebook, Twitter o Instagram
Podría interesarte…