Catalina Sopelana (Madrid, 1992) lleva más de un año encadenando las portadas de las plataformas. En 2025 protagonizó El jardinero junto a Álvaro Rico y Cecilia Suárez, y en noviembre estrenó El cuco de cristal, la adaptación que Netflix hizo del bestseller de Javier Castillo. El éxito fue inmediato: consiguieron ser el número uno en España en las primeras 24 horas. Pero ella se ve en continuo aprendizaje, en una carrera de fondo. Este mes de junio estrenará El Inmortal en Movistar +, coprotagonizada por Alejandro García y Teresa Riott.
Hablamos en Madrid con ella de todo eso y acabamos en otros sitios: la inteligencia artificial, en cómo el discurso del autocuidado se ha convertido en coartada para el narcisismo, en el Picasso misógino y en por qué, con dos protagonistas de Netflix encima de la mesa, lo que de verdad le apetece ahora es una comedia romántica. Es psicóloga de formación y formada en el estudio de Juan Carlos Corazza. Sopelana habla como piensa: despacio, de forma educada, con cabeza sin titulares impostados y con la cabeza puesta en sus ambiciones.
HIGHXTAR (H) – En menos de un año has encadenado proyectos como Violeta en El jardinero, Clara en El cuco de cristal y En el círculo del asesino. ¿Cómo gestionas el salto de un personaje a otro sin volverte loca?
CATALINA SOPELANA (C) – Se han juntado esos tres, pero entre El jardinero y El cuco pasó casi un año. Lo vivo con ilusión. Cada proyecto es una algo nueva y me gusta prepararlos con tiempo. Son tres trabajos increíbles a los que he querido dedicarles mucho. A mí me encanta estar ocupada, no lo vivo como un sufrimiento. Me gusta meterme a tope en el curro, tengo la suerte de dedicarme a lo que me gusta y son oportunidades para volcarlo todo, abstraerme y meterme de lleno en mundos nuevos.
(H) – Se ha comentado que haces playlists para cada personaje. ¿Cómo trabajas con la música?
(C) – Hago playlists para cada personaje y ahora hasta para los castings. El otro día tuve uno y también me hice una lista. Soy muy friki de la música y me ayuda a entrar en el personaje desde un lugar que me divierte. Con El jardinero, por ejemplo, hice varias. Con mi compañero Álvaro hablábamos mucho de música y proponíamos canciones. Miguel, el productor, llegó a decirme: «Te sigo en Spotify, pásame temas». De hecho, una de las canciones que propusimos, Cigarettes & Sex, terminó entrando.
(H) – ¿Qué estás escuchando ahora? ¿Algún disco que esperes con ganas?
(C) – Estoy esperando pacientemente el disco de Gracie Abrams, ando a tope con el single. También espero bastante el nuevo de Olivia Rodrigo. Hago mucho lo de engancharme a discos y artistas y exprimirlos.
(H) – En entrevistas anteriores hablabas de esa sensación de «carrera de fondo». ¿Sigues sintiendo que estás empezando o te notas más asentada?
(C) – Sigo sintiendo que estoy en un caminito. He conseguido muchas cosas y estoy muy contenta con los proyectos en los que he estado, pero siento que todavía me queda mucho por conseguir. Veo casos de gente cuya carrera se dispara de cero a cien. En el mío siempre he tenido la sensación de ir recibiendo oportunidades poco a poco. Me apetece mucho hacer cine y estoy poniendo toda la ilusión ahí. Me encantaría hacer en una peli un personaje del tipo que he hecho en El jardinero o El cuco. Llegar ahí es un trabajo diario.
(H) – En El cuco de cristal interpretas a Clara, una médica residente huérfana en una historia donde el corazón trasplantado funciona casi como metáfora. ¿Qué fue lo que más te atrajo?
(C) – Siempre es interesante hacer una adaptación de un libro. Me llamaba mucho la atención esa idea de que tanta gente ha leído una novela, se ha imaginado un personaje, su cara, su forma de vestir… Por mucho que leas lo mismo, cada uno tiene un imaginario propio. Ser la persona que encarna esa proyección me parecía muy loco y muy divertido. Luego estaba la historia, que mezclaba muchas cosas. Clara es una médica resiliente, un tipo de personaje que yo no había hecho. Los médicos son gente muy particular: más racional, con una estructura mental distinta. Eso me gustó mucho. Y no era solo un thriller: había un trasfondo potente, mucho desarrollo de personaje. Me interesó ese equilibrio entre género y profundidad.
(H) – Cuando te llega un guion, ¿qué es lo primero que miras para decir «vale, adelante»?
(C) – Lo primero es sentir que hay algo que contar de verdad. Se nota muchísimo cuándo un guion nace de una historia que se quiere contar y cuándo parece más una excusa para «enseñar» una temática de moda. A veces eso funciona, pero yo noto cuando hay un relato real detrás. Luego, el personaje: la oportunidad de hacer algo diferente. Vengo de tres thrillers muy distintos entre sí pero dentro del mismo género, y ahora me apetece cambiar. Me encantaría hacer una comedia romántica, siempre me han encantado. Y, por supuesto, el equipo: los compañeros, los directores y directoras te cambian la vida.
(H) – ¿Cómo cambia tu vida cuando llega un personaje protagonista como el de El jardinero?
(C) – Sí se nota. Durante unas semanas hubo una especie de energía rara en el ambiente: la gente te ubica más. A nivel curro también te posiciona. Tenía muchas ganas de hacer un protagonista, no porque los secundarios no sean buenos —a veces son los mejores— sino por el ejercicio de sostener un arco desde el principio, que las tramas se articulen en torno a ti. Venía de personajes más de support, de apoyar historias, y me apetecía pasar por ahí. Claro que te posiciona y te permite decir: «Oye, también puedo hacer esto». Pero en el día a día tampoco cambia tanto.
(H) – Has dicho que te encantaría hacer una comedia romántica. ¿Qué tipo de personaje te imaginas?
(C) – Un personaje muy divertido. Veo muchas comedias románticas. El otro día volví a ver Tú la letra y yo la música, de Hugh Grant y Drew Barrymore; es una chorrada divertidísima con música. También El sueño de mi vida, con Jennifer Garner, o Cómo perder a un chico en 10 días. Me gustan esos personajes un poco más ligeros, pero muy románticos. Defiendo las comedias románticas: si hay algo universal es el amor. Me encantaría tener una trama más ligera en apariencia, pero con esa profundidad emocional.
(H) – Has hablado en alguna ocasión de la necesidad de mostrar otras masculinidades en pantalla. ¿Cómo te gustaría que fueran esas nuevas representaciones?
(C) – Hice mi trabajo de fin de grado sobre los mitos del amor romántico y cómo afectan a los adolescentes. Era muy fuerte ver los ejemplos de pelis como Crepúsculo, que nos han educado en ideas tipo «si un tío se pone celoso es que le gustas» o «si se pone violento es que está loco por ti». Es peligrosísimo. Hay una peli que citaba en el TFG, Don Jon, sobre un tío adicto al porno. Habla de cómo los mitos del amor romántico y la pornografía influyen en los adolescentes. Él es el cliché de tío de gimnasio y se enamora de un personaje que hace Scarlett Johansson, muy de Mujeres y hombres y viceversa, y al final acaba enamorado de una mujer mayor, el personaje de Julianne Moore, que está rota por dentro. Siempre la pongo de ejemplo porque rompe ese cliché de masculinidad. Las cosas están cambiando, pero queda mucho por hacer. En las comedias románticas los clichés de tío se están rompiendo. Vemos hombres que expresan lo que sienten, que hablan más de lo que les pasa. Lo veo afortunadamente en mis amigos. Cada vez están menos en esa cosa absurda de no mostrar vulnerabilidad.
(H) – En redes también se ve un discurso muy reaccionario hacia el feminismo, sobre todo entre adolescentes. ¿Crees que el cine y las series pueden ayudar a educar a esos chavales?
(C) – Por supuesto. El arte despierta conciencias y nos sirve de espejo de lo que sí y de lo que no. El problema es si esos chavales llegan a ver las pelis que podrían ayudarles. Ahí no sé muy bien dónde recae la responsabilidad. Hay películas que sí trabajan otras formas de masculinidad y de amistad. Me encanta cuando veo personajes amigos, chicos y chicas, cuya relación no tiene que pasar todo el rato por el amor o el sexo, sino simplemente por compartir vida. Un director con el que trabajé decía que faltan historias sobre amistad, sin necesidad de que todo derive en lo romántico.
(H) – Eres psicóloga de formación. ¿Cómo ves el boomde la salud mental después de la pandemia?
(C) – Empecé a ir al psicólogo con 18 años y recuerdo sentir mucha vergüenza al decirlo. Incluso había gente que me decía: «No lo digas». Iba por ansiedad, por cosas que nos pasan a casi todos. Ahora la percepción ha cambiado y se le da mucho bombo a la salud mental, pero echo de menos un cuidado real. Hay una moda de decir que te ocupas de tu salud mental, pero me pregunto si realmente nos estamos haciendo cargo de la gente que sufre ansiedad o depresión. Hace falta sostener más, acompañar más. Y a la vez noto un fenómeno contrario: gente que se escuda en su terapia y su autocuidado para ser un auténtico cretino. «No voy a hacer esto porque tengo que poner límites, tengo que cuidarme». Está bien poner límites, es un aprendizaje enorme, pero vivimos en sociedad, tenemos familia, amigos. No se trata solo de autocuidarse, sino de cuidar también a los demás. Como psicóloga —entre comillas—, a veces escucho cosas y pienso: qué egoísmo y qué narcisismo se están legitimando bajo el paraguas del autocuidado.
(H) – Escribí un reportaje sobre cómo poner límites puede volvernos más individualistas. Leía una frase que decía que lo más punk ahora es cuidar de los tuyos.
(C) – Totalmente. Se le está dando una herramienta muy peligrosa a gente muy egoísta, muy narcisista, que no quiere hacerse cargo de nada. Y a eso se suma la divulgación en redes: gente sin formación soltando tips en TikTok sobre límites, trauma, ansiedad… y chavales recibiendo esa información que les da poder para no responsabilizarse de nada. Es muy peligroso.
(H) – En una entrevista contabas que de pequeña te llamaban «roja» en el colegio y que asumiste ese rol. ¿Crees que es importante posicionarse en el mundo del arte?
(C) – Espero que no pongas otra vez ese titular [risas]. En aquella entrevista, además, era en el contexto de una peli sobre novatadas; estábamos hablando de situaciones de bullying y de repente quedó reducido a ser “la roja”. Yo iba a un colegio donde la mayoría era muy de derechas, así que a la mínima eras «la roja». Me dio igual. Sobre posicionarse: estamos en un momento en el que pasan cosas lo suficientemente graves como para que, si tienes un altavoz y te sientes mínimamente capaz, lo uses. A mí me gusta ver a gente como Javier Bardem hacerlo. Me hace estar muy orgullosa. Leía el otro día unas declaraciones suyas diciendo que habla desde el privilegio, y me parece honesto. También creo que no tenemos la responsabilidad de saber de todo. Hay temas de geopolítica sobre los que yo no me siento capacitada para dar una opinión sólida. Me parece honrado decir: «De esto no sé, prefiero no hablar». En alfombras rojas, a veces me preguntan cosas y, si no estoy enterada, digo la verdad. He tenido muchas conversaciones con compañeros sobre qué decir, qué no, qué subir a redes… Estamos aprendiendo. Lo interesante es poder hablarlo.
(H) – En Minotauro interpretas a la amante adolescente de Picasso. Con todo el debate actual sobre cómo mirar su figura, ¿cómo te posicionas tú?
(C) – Esa película aún no ha salido, yo no la he visto y no sé en qué punto está. Cuando me llegó el guion me hice muchas preguntas. Lo que yo recuerdo es que se centraba en la relación de Picasso con sus mujeres y lo retrataba como lo que fue: un misógino que se portó fatal, un tipo atormentado y maltratador. La peli, al menos en el guion que yo trabajé, lo mostraba así. Más allá de eso, está el tema de siempre: la justificación del artista, como si su obra lo justificase todo. Hay que mirar a los artistas con los ojos de hoy y poder ser críticos con lo que hicieron. Luego viene el debate eterno de si se separa obra y autor. Es una conversación muy recurrente con amigos. Mi personaje era una chica muy joven, tuvo una hija con él y, en el guion, vivía completamente sometida. Acabó fatal, fue un destino muy trágico.
(H) – ¿Sientes el dolor cuando interpretas a un personaje así?
(C) – Sí… Empatizas muchísimo y lo sufres mientras lo interpretas.
(H) – ¿Cómo se vive que una película rodada en 2022 siga sin estrenarse?
(C) – Con paciencia y soltando el control. Esta industria es tan compleja, pasan tantas cosas que no dependen de ti, que si te agarras a eso estás perdida. Para mí, trabajar con Julio Medem fue un sueño cumplido. Pablo Derqui hace un Picasso increíble. Rodamos en República Dominicana, fue una experiencia muy loca. Si la peli sale, será maravilloso; y si no, también forma parte de lo que es esta carrera. Me da pena, pero no puedo hacer absolutamente nada.
(H) – ¿Qué te da la interpretación que no te daba la psicología?
(C) – Todo. Me encanta rodar, me encantan los rodajes, el trabajo en equipo… Es el trabajo en equipo más bestia que he visto nunca. Soy muy cinéfila desde pequeña y siempre he querido formar parte de la gente que hace películas. La psicología me gustaba, pero ahora la veo casi como una preparación para lo que venía después. Con este trabajo me pasa algo muy fuerte: cuando estoy rodando me olvido de todo, y eso no me ocurre con nada más. Y no solo cuando estoy en personaje: también tomando un café con el equipo antes de rodar. Es una experiencia absorbente y única; son proyectos que empiezan y acaban, y eso me hace sentir muy viva.
(H) – Te formaste con Juan Carlos Corazza, por donde han pasado Javier Bardem, Penélope Cruz… ¿Qué te llevas de esa etapa?
(C) – Fue un punto de inflexión. Venía de estudiar Psicología, de un colegio en el que todo lo artístico quedaba muy lejos. Llegar a una escuela donde trabajas con el cuerpo, la voz, lo creativo… fue un cambio total. Mis dos mejores amigas las conocí allí. Aprendí muchísimo. Sigo formándome en la escuela, hago cursos todavía, y también en otros sitios, porque me encanta seguir entrenando. Fue un renacer: pasar de un camino muy académico a uno creativo, rodearme de gente que estaba en lo mismo.
(H) – En otra entrevista decías que te aterraba un poco la inteligencia artificial por esa apariencia de perfección. ¿Crees que puede llegar a afectar al trabajo de los actores?
(C) – Es un tema que me aterra. Cambio mucho de opinión: a veces pienso que es imposible que sustituya el trabajo de un actor, y otras, viendo cómo avanza todo, me asusto. Leí a alguien decir que en el trabajo del actor siempre hay algo imperfecto porque somos humanos y fallamos. Puedes tener interpretaciones técnicamente perfectas, pero siempre hay un resquicio de humanidad inimitable. Una IA puede hacer cosas perfectas, pero no emotivas. No creo que una interpretación generada por IA llegue a emocionarme de verdad. Pero luego ves que ya hay guiones escritos con ayuda de IA, actores digitales… Un amigo director me pintó un escenario bastante negro: se van a escribir guiones con IA, se van a generar intérpretes, ya existen actrices sintéticas. Es inquietante. A la vez, confío en ese componente humano del error, de la vulnerabilidad. Si algún día se pierde, no sé si querría vivir en un mundo así.
(H) – Si pudieras escribirte a ti misma un papel y encargárselo a alguien, ¿qué tipo de mujer te gustaría interpretar?
(C) – Un personaje más duro, menos conectado con la emoción y más con la ambición. Ahora estoy haciendo de periodista en una serie y me está encantando justamente por eso, es más cañera. Hasta ahora muchos de mis papeles estaban más ligados a mi lado dulce, a una sensibilidad que creo que transmito de primeras. Me apetecía explorar algo distinto. También me gustaría hacer un personaje tipo Frances Ha, de Greta Gerwig, o el de La peor persona del mundo, que es una de mis pelis favoritas. De hecho, tengo el póster en casa. Me atraen esas mujeres un poco perdidas, con un desastre existencial a los treinta, sin tener nada claro. En realidad me siento un poco así ahora: sin saber muy bien hacia dónde voy. Sería divertido hacer un personaje que abrace esa confusión, mezclando comedia, ligereza, torpeza. Eso es lo que más me apetece.
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