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Gran parte de las tendencias que vestimos en el presente están influenciadas por la cultura sexual del BDSM. Y no, el detonante no ha sido ‘Cincuenta sombras de Grey’.

No solo el estilo rave, el punk o las tribus góticas han servido de inspiración para los diseñadores. A lo largo de la historia, muchas firmas de moda han buceado en la estética propia de la subcultura sexual para encontrar referencias que plasmar en sus diseños. El BDSM (Bondage, Disciplina/Dominación, Sadismo y Masoquismo) ha sido la práctica sexual que más ha influenciado la moda hasta hoy. Así que, aunque no lo parezca, muchas tendencias que vestimos en el presente tienen su origen en estas fantasías eróticas.

Es necesario desprenderse de la idea de que la moda que bebe de la estética BDSM es vulgar, ordinaria o grosera. Tom Ford, Vivienne Westwood o Balmain se han hecho eco del estilo bondage con elegancia, despojando convencionalismos rancios asignados a un fetiche sexual. También Jean-Paul Gautier hizo lo propio con Madonna y sus corsés de los años 80 y 90 que se han convertido en todo un icono.

Pero la referencia no solo se ha reducido al elitismo de la pasarela o de las estrellas del pop que rompieron esquemas hace décadas. Actualmente, un gran porcentaje de nuestros prototipos del mundo de la moda vienen de parte de celebrities e instagramers, a quienes también les ha llegado esta influencia (lo sepan o no) y la han compartido con el mundo consolidando una estética que sobrevive sin explicitud, de forma latente.

Como no podía ser de otra manera, las Kardashians son las grandes embajadoras. La sesión de fotos que Kyle Jenner hizo cuando cumplió la mayoría de edad adopta un innegable estilo bondage. Y los vestidos de látex de Kim, por supuesto, no necesitan explicación.

Pero hay mucho más allá de los trajes de látex y el cuero que se nos vienen a la cabeza al pensar en la influencia BDSM en la moda. El choker que hace un par de años ocupó el top de tendencias, los tacones de PVC o los bañadores con cintas que Ashley Graham presentó el año pasado no escapan a una relación directa con la cultura del bondage y el sadomasoquismo sexual.

Todo ello nace de una subcultura fetiche y de los clubes de sexo underground que durante años han sido renegados por la sociedad y señalados como vergonzosos. La estética propia de otras subculturas como el punk o el emo tiene connotaciones políticas o sociales: encarnan una rebeldía reivindicativa que, de alguna manera, hace lícito e incluso venerable adoptar las tendencias propias de esa identidad por parte de la moda.

Pero no ocurre lo mismo con el BDSM y su trasfondo puramente sexual y ciertamente problemático – hoy día, esta práctica suscita debates en torno a si se trata de una dinámica patriarcal y machista edulcorada a golpe de estética o si se trata de pura libertad sexual y desinhibición. El tabú se mantiene. Y es el tabú, y no el sexo, lo que hace de esta estética algo sumamente atractivo e hipnótico para la moda.