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Los diseños que simulan ser una falsificación llevan siendo tendencia varios años, sobreviviendo a las polémicas y desarrollando un magnífico intercambio de códigos entre diferentes ámbitos y clases sociales.

El bootleg no es una estafa: es un arte

 Los logotipos son una parte importante de la cultura de consumo que tenemos tremendamente interiorizada. El bootleg lo sabe, se burla y saca partido de ello con estrategias pulidas que, aunque a primera vista parezcan acciones pueriles que solo buscan divertir, han construido una tendencia que llevamos viviendo más de cinco años y que ha conseguido una clientela que, lejos de cansarse, se expande y pide más. Ha demostrado ser una dinámica asombrosamente eficaz para expandir la presencia de un creativo o una marca en la industria. Jack of all trades, master of none.

El bootleg se trata de hacer gala de las marcas que han servido de referencia para los diseños, poniendo de manifiesto el aparente plagio hasta modificar su concepto. Dejar de ocultar las fuentes y exhibirlas con orgullo. Una dinámica que comienza en la moda de a pie y ha llegado hasta la alta costura, con las maisons más importantes del mundo realzando el bootleg hasta conseguir que sus propias prendas parezcan falsificaciones. Y así, de algún modo, la industria ha conseguido gracias al ello apropiarse de su propio enemigo: las imitaciones.

Virgil Abloh es uno de los pioneros de esta tendencia. El diseñador ha trabajado en el desarrollo de esa vanguardia de recontextualizar las ideas ya existentes. Pero no es el único. Ava Nirui ha creado su currículum a golpe de bootlegging, gracias al cual consiguió formar parte de Helmut Lang. Sus diseños fusionan Chanel con Kappa o Martin Margiela con McDonalds. Capitalismo tardío en su máximo nivel. Mike Cherman creó Chinatown Market, una marca de moda urbana cuyos diseños se basan en el bootleg más explícito, sin pudores ni disimulos. Y antes de convertirse en la marca potente que es ahora, Palace Skeatboards hacía bootleg de la medusa de Versace.

Subimos escalones hasta la alta gama. No es necesario dejar claro el revuelo que causó la camiseta DHL de Vetements o la bolsa de Ikea Frakta de Balenciaga. De hecho, Balenciaga también acogió el logotipo del político Bernie Sanders para sus camisetas, demostrando la transversalidad de mundos tan diferentes y mezclando el contexto de una manera magistralmente caótica.

Pero no basta con descontextualizar al otro. ¿Cómo van a falsear las firmas más codiciadas esa aspiración a ser más de lo que son, si están ya en el escalón más alto? Con el autobootleg. Las maisons también quieren fingir, y fingen querer ser ellas mismas. Gucci creó camisetas “Fake Gucci” inspiradas en las imitaciones de Canal Street y jugó a autofalsificarse en una colaboración con el graffitero Trevor Andrew (aka GucciGhost), creando una colección con logotipos DIY de la firma y etiquetas que rezan “Real Gucci”. Vetements es uno de los grandes maestros de jugar con las nociones de lo real y lo falso. La colección de “Original Fake” modificaba las piezas más populares de la firma para darles un aspecto de falsificación, alterando elementos clave e identificativos de las prendas.

El logotipo de Timberland como ‘Tumbleweed’, ‘Lovers Direct’ en lugar de Sports Direct, ‘Guccy’ en lugar de Gucci o Bowlcut escribiendo ‘Mandem’ en lugar de Marlboro. Para jugar al bootlegging se precisa ser honesto con el origen de tus ideas, dejando claro cuáles han sido tus influencias. Transparencia y ética son importantes para salir ileso de una dinámica que juega con la ilegalidad y que, paradójicamente, puede presumir de más integridad que los escandolosos plagios de firmas de alta costura que roban diseños de creativos independientes. Lo cierto es que la mayoría de bootlegs son en realidad colaboraciones o simplemente tienen el permiso de esa otra marca con cuyo logotipo juegan.

Hacer bootlegging es algo que tenemos bastante asumido en la música y en el arte, especialmente en corrientes como el pop art o en espacios como internet. Pero el público no parece haberse acostumbrado del todo en la moda, y las acusaciones de falta de creatividad son recurrentes. Sin embargo, lo cierto es que extraer ideas ya existentes y remodelarlas no hace que un trabajo sea menos interesante. El bootleg encierra un magnífico juego de ironía e ingenio. Se trata de burlarse de la élite, de lanzar mensajes que abrazan la ridiculez de la era posmoderna a partir de colocar logotipos en contextos inusuales, de intercambiar de forma salvaje los códigos entre la clase baja y la clase alta.

El éxito del bootleg también encierra una especie de admiración por un espíritu joven que se mancha las manos, que satiriza sin vergüenzas, que parece no tener demasiados recursos y que roba los elementos identificativos de la alta costura para llevarlos a su terreno. Y esta reivindicación ha acabado por acoger a la propia moda de lujo, que se ha unido al juego al ver morir su jerarquía. El resultado es que la alta y la baja moda se mezclan y se intercambian reglas y estéticas. ¿Quién se ha beneficiado más de la colaboración entre Gosha Rubchinskiy y Fila, entre Louis Vuitton y Supreme o entre Vetements y Manolo Blahnik? La respuesta no es tan evidente como puede parecer a simple vista.