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Leí Lolita un verano hace años. Es un libro que asocio con esta estación sin lugar a duda. Ahora, cuando pienso en Lolita, me viene a la mente un paisaje de calor abrumador, con toques cítricos y, sobre todo, una sexualidad desbordante. La sobrecubierta de la edición que tengo supongo que también ayuda a crear este imaginario; unas fresitas cortadas por la mitad que envuelven el libro de un aura infantil y juguetona. Si le quitas la sobrecubierta (cosa que me encanta hacer cada vez que compro un libro); descubres un volumen negro, a mi parecer más fiel a la narración del interior. 

Lolita

Pero mi edición no es una excepción; atendamos por un segundo a las portadas de este libro: una niña con una piruleta y gafas de corazón que mira sugerente a la cámara. Unas piernas infantiles, una falda corta y un largo etcétera de sexualidad infantilizada (o infancia sexualizada, no lo tengo claro).

Lolita es una narración que ha trascendido al libro, que ha divagado hasta convertirse en objeto de consumo y estilo de vida. Y esto hace que salten mis alarmas, hace que me pregunte una y otra vez: ¿Cómo es posible que una historia de abuso sexual a menores haya podido transformarse en un concepto estético? Me pone los pelos de punta cada vez que veo a una persona influyente hacer gala de esta ética, una mujer infantilizada y que al mismo tiempo tiene un grado de perversión muy notable. No estoy diciendo  que una mujer no pueda tener un deseo sexual desbordante; me refiero a que esta estética utiliza una perversidad artificial de la infancia que hace difícil ver la aceptación del abuso sexual que tiene detrás.

“Fuera de la mirada de Mr. Humbert no hay nínfula” es la frase que Nabokov respondió en 1975 a Bernard Pivot en una entrevista para el programa de televisión “Apostrophes”; cuando el periodista le preguntó cómo era ser el padre de un personaje tan perverso como Lolita. Tanto el libro como la estética lolita son relatos que se suelen leer a través del personaje femenino cuando existe un componente principal que se nos olvida: la omnipresente mirada del depravado. Lo que sucedió con la novela es algo que pasa a menudo en nuestro día a día: el intento de culpar a la víctima del abuso sufrido; del blanqueamiento por parte de la opinión pública de un delito.

Lolita no es una historia de amor, como muchas sinopsis del libro apuntan. En qué cabeza cabe que la relación entre una niña de apenas doce años y su profesor cuarentón de matemáticas (que más tarde será su padre adoptivo) lo sea. Quizá en la antigua Grecia tenía algún sentido, pero ya ha llovido. Además, la historia está narrada desde la perspectiva de Mr. Humbert. En ningún momento se sabe la de la niña. Decir que Lolita es una historia de amor es solo prestar atención a la versión del pederasta (una vez más, algo muy típico).

Mi intención no es tachar Lolita. Es evidente su brillantez. Pero creo que el concepto que ha emanado vulgariza el libro, lo malinterpreta y, sobre todo, posee un grado de nocividad y peligro bastante notable. Dejemos a Lolita estar, no seamos cómplices de Humbert Humbert.