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El papel del poli bueno ya no entra en nuestro reparto: solo está el poli malo. Estamos en plena ruptura de uno de los mitos más peligrosos que nos han inculcado; la policía como figura heroica, el que persigue al malo y atrapa al asesino en serie, el que caza al antagonista. Hemos sido adoctrinados bajo la idea de que la solución a nuestros problemas está en un encargado de poner entre rejas a aquel que hace daño. Y todo ha ido mal.

En plena turbulencia sociopolítica, tras el asesinato de George Floyd y el caso de Jacob Blake, vuelve a ponerse sobre la mesa un debate que no es nuevo, pero que sí tiene nuevas caras. ¿Es posible y necesario abolir la policía?

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© AFP

Antes de explorar esta idea, hay que revisitar y revisar nuestras concepciones asumidas: destruirlas para reconfigurarlas. Vociferar consignas en contra de la policía requiere repensar la política al completo. Y el primer paso es despojar a la policía de los brazos de ese término tan envolvente que es la política. La policía no es necesariamente parte de lo político; es más, puede incluso ser el peor enemigo de la política. Porque, ¿qué es la política?

Política vs. policía

Sobre esta cuestión tenía Rancière muchas respuestas. La política es la construcción de un poder que permita llevar a cabo los fines y valores de la sociedad. Y esa construcción de poder es un proceso, un preludio de la política que también es política en sí mismo. Literalmente, “la política es una lucha por la política”. Por ello, las manifestaciones del movimiento BLM, mal señaladas como violentas y destructivas, tienen más de política que una organización estatal como el cuerpo policial. Estas protestas son política porque tratan un daño social, son una reacción natural ante un atentado a la política causado por la policía. Son una defensa por la política.

De este modo, se invierten los esquemas. La violencia policial es el enemigo de la política, y no un problema surgido por la misma. Es tarea urgente arrebatar al estado y sus organizaciones el monopolio de la política. La política es nuestra. La política la hace el pueblo. La política es la actividad que ejercemos para tratar y reparar el daño de la violencia estatal. A través de la política, queremos institucionalizar nuestros valores.

Entender todo esto es clave para poder reflexionar sobre el papel de la policía desde una posición deconstruida, fuera de los esquemas impuestos que posicionan a la policía como una fuerza mayor que se encarga de poner en práctica la Justicia y la Política, así, con mayúsculas.

Entendamos el sistema policial como un conjunto de medidas y actores para impedir el desorden; dicho de otro modo, para impedir la ruptura de las jerarquías y del status quo. La policía preserva y ejerce las intervenciones y los medios necesarios para hacer crecer las fuerzas del Estado. Es ese el orden que quiere mantener. Como entidad conformada por actores, la policía es una forma individualizante de preservar el poder del Estado. Y es clave tener presente que para este último, el delincuente y el criminal son beneficiosos, pues sirven de justificante para actos deplorables y sostienen todo un sistema legislativo, jurídico y policial.

La policía se piensa una especie de divinidad religiosa que está por encima de todos nosotros, con privilegios intocables. La definió Foucault como “el golpe de Estado permanente que va a ejercerse, que va a jugar en nombre y en función de los principios de su propia racionalidad, sin tener que moldearse de acuerdo con las reglas de justicia que hayan sido dictadas”. Este principio es alarmante, pues la policía goza entonces de libertad total para jugar en su propio régimen necropolítico. Ya está ocurriendo. Su impunidad sirve de pilar para el racismo sistemático del cuerpo policial. Entonces, ¿cómo frenarlo?

Reformismo vs. abolicionismo
BLM

Erik McGregor, Pacific Press

Frente al racismo sistemático de la policía, se han lanzado al aire soluciones como contratar a más policías negros o crear organizaciones de revisión civil. Pero ya ha quedado claro que más reglas no significan menos violencia. De hecho, las reglas pueden incluir manga ancha de interpretación de la ley donde al final, quien decide, sigue siendo la policía. No es nada aventurado decir que los esfuerzos para resolver la violencia policial a través de leyes liberales han fracasado. No es un problema de voto, sino un problema estructural. El reformismo no es posible. Hay que crear demandas nuevas.

El estado de Nueva York propuso recortar los presupuestos del sistema policial, disminuyendo así el número de agentes para reducir su poder. La idea planteaba que ese dinero fuera destinado a salud mental, educación y viviendas, lo cual garantizaría que la actuación policial no fuera tan necesaria. Pero la propuesta acarreó varias protestas desde una parte de la población que afirmaba sentirse menos segura con menos policía. Esta reacción es sumamente esclarecedora: equiparamos vigilancia con seguridad. La sociedad necesita de una sólida presencia de orden público, una figura que personifique su sensación de seguridad. Algo físico a lo que señalar: cámaras, alarmas, coches de policía en el barrio. Aquí estamos seguros porque tenemos esto.

La solución última es construir una sociedad en base a la cooperación, y no al individualismo; organizarse. Parece algo utópico, pero algunos antecedentes históricos avalan su posibilidad. Sin ir más lejos, la España revolucionaria de 1936 decidió prescindir de las fuerzas de orden público tradicionales e instaurar patrullas formadas por voluntarios. Porque no se trata de transformar el cuerpo policial, hay que abolirlo. Abolir la policía no significa carecer de una organización que vele por la seguridad, significa encontrar un sistema que lo haga mejor. Hay que empezar por cambiar nuestra idea de la policía y hacerla obsoleta para poder reducir su contacto con el pueblo. Si, como dice Foucault, la policía se concibe a sí misma como el equivalente civil de la religión, habrá que matar a Dios.