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Han pasado las fiestas navideñas y no es raro que uno se sienta saturado. Las navidades son blancas, hogareñas y cariñosas. Son un tronco en una chimenea que nunca se consume, aunque no tengas chimenea. Pero también pueden ser conflicto e incomodidad.

Para muchos, una comida navideña supone estar sometido a comentarios crueles e incómodos. Resulta irónico que la navidad, la fiesta de celebración de la unión y el amor, pueda resultar verdaderamente intolerante y agresiva. Pertenecer al colectivo LGTB+ es complicado en estas fechas.

Los psicólogos advierten que es normal sentirse triste en navidad porque celebrar una misma fiesta desde que se es pequeño conlleva comparar, y por tanto, crecerá la nostalgia. Pero de lo que venimos a hablar aquí no es de nostalgia, aunque todo conlleve cierto grado, aquí estamos para comentar la violencia de la navidad.

Como todo, las cosas cambian dependiendo del punto de vista desde donde se mire. Lo que para unos es libertad de expresión, para otros puede ser agresión. Pero no iremos tan lejos en las fiestas navideñas, analizaremos lo más humilde, lo que se debe exigir de base; el respeto. Que aunque parezca mentira, no es nada sencillo. En las comidas navideñas las barreras caen y cualquier comentario es bienvenido para contribuir a la aborigen de voces que se forman por encima de la comida. Hasta que una de esas voces es un comentario homófobo que va a parar a tu plato y las cabezas de langostinos vuelan por el aire del impacto.

Puede, incluso, que el miembro de la familia bocazas y algo pasado con el vino que ha soltado tal comentario no te caiga tan mal, pero la situación ha cambiado, la conversación ha tomado un tinte violento. La navidad se vuelve un campo de batalla sin trincheras en torno a unos proveedores que amortiguan los golpes.

Ser LGTB+ no es sencillo, y en estas fechas desde luego que menos. La decepción de ver a familiares o amigos diciendo barbaridades que te atacan personalmente no es un plato de buen gusto para nadie. Y acostumbrarte a los ataques tampoco sienta bien. Uno nunca se acostumbra a ser atacado, lo que hace es callarse para no aumentar el enfado (aunque tampoco es que funcione, los enfados suelen venir desde el interior de la persona).

Por experiencia, cuando he decidido saltar no ha dado buenos resultados; ese primo, tío, amigo o lo que quiera que sea, no está enfadado contigo, está enfadado consigo mismo porque sus razones cada vez se le van desmontando poco a poco. El resultado siempre será el mismo; repetir el mismo argumento cada vez más alto.

Tampoco quiero decir que no debamos de hacer nada en contra de los comentarios de este tipo, pero los LGTB+ también tenemos derecho a tener nuestro descanso. Hay a veces que una prefiere sumirse en la tarea de pelar gambas con cuchillo y tenedor para abstraerse de cualquier conversación y simplemente que te dejen en paz.

He pensado mucho sobre la posición que hay que tomar en las mesas y no he llegado a ninguna conclusión. Cada uno debe de responder como le plazca, como le sienta. No hay que tomar el silencio como una debilidad, ni se debe exigir que se rompa.

Me viene al a mente el libro de David Foster Wallace ‘Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer’; una crónica del viaje del autor a bordo de un crucero de lujo por el Caribe. No sé bien la relación que puede haber entre un crucero de lujo y una cena de navidad, pero hay algo en el interior, en los comportamientos de los personajes, que son iguales. Quizá sea la frustración, la melancolía o el humor ácido, de compartir espacio con gente con unas ideas opuestas a las propias.

Pero una cosa es segura, y es que las cosas poco a poco irán cambiando. La eterna esperanza del cambio.